Un caminar paciente que evite el cansancio

Hace un tiempo, en Radio Palau, hablábamos sobre ese cansancio general que parece invadirnos a todos. Un cansancio que nace de la decepción al ver que “las cosas no se arreglan ya”, al ver que “nos toca seguir resistiendo y esforzándonos”.

En la radio conversamos apenas 15 min, de modo que no tenemos mucho margen para profundizar. Sin embargo, hoy me doy cuenta de que quizás debería haber trasladado por lo menos esta idea: sostener situaciones difíciles a largo plazo no va de resistir. Si solo nos concentramos en resistir, nos agotamos, y pronto.

Sostener situaciones a largo plazo se parece mucho a una maratón: requiere tenacidad, constancia, paciencia y una mentalidad que no se concentra sólo en la meta de forma obsesiva, sino en recorrer los tramos presentes optimizando la energía.

Lo que ocurre, creo, es que estas actitudes no tienen muy buena prensa.

Tener paciencia no es aguantar estoicamente lo que sucede y no nos gusta. Es dar tiempo, respetar el tiempo, aceptar el tiempo que requiere cada cosa. Es apreciar este presente porque sino, nos lo perdemos. Nos perdemos todas esas cosas que también están sucediendo hoy y son valiosas. Sé que no siempre es fácil.

Ser constante y tenaz requiere disciplina y, sobre todo, convicción. Creer que nuestros pasos tienen sentido. Sentir que el camino que recorremos nos lleva a algún lugar que apreciamos. Necesitamos confiar en eso, aunque no lleguemos a tener la certeza. Y sí, también esto nos cuesta.

Sin embargo, lo que hemos hecho es resistir. Y cuando resistimos, lo que hacemos es contraernos. Cuerpo, mente y emociones frenadas. Sin caudal por el que fluir. La energía se estanca cuando querría salir a borbotones. Le ponemos un dique. La obligamos a quedarse estancada en un lugar reducido y controlado. Eso es agotador para cualquiera.

Creo que lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. Y creo también que lo hemos entendido mal. Tiene sentido, porque no nos han entrenado en la vida para correr maratones, sino sprints. Tenemos prisa para todo.

Decía Marie-France Hirigoyen[1] que, en los años 70, pasamos de ser una sociedad neurótica, a una narcisista. Una sociedad cargada de egocentrismo, de obsesión por ser los mejores, de dependencia del reconocimiento, y de una urgencia infantil por cubrir nuestras necesidades. No es que me entusiasmen los enfoques psiquiátricos-a menudo me resultan faltos de oxígeno-pero reconozco que esta foto nos cuenta algo importante:

Nos hemos olvidado de aprender a mirar más allá de nuestro ombligo, y hemos restado espacio a la empatía y la generosidad. Nos hemos olvidado de la importancia de la humildad, esa que nos recuerda que por muchas cosas que hayamos logrado, seguimos siendo muy pequeños ante la enormidad de algunas circunstancias. Nos hemos olvidado de sentir respeto por “lo que es” y, en su lugar, hemos pretendido imponer a la realidad lo que debería ser. En resumen, nos hemos olvidado de ese balanceo siempre necesario, si queremos asumir este momento con el optimismo realista que requiere.

Por mucho que hoy hablemos de resiliencia y flexibilidad (expresiones que quizás nos gustan más que la paciencia, la tenacidad o la constancia) necesitamos recordar que eso aplica a la templanza, no a las prisas. Quizás si logramos añadirle cierta dosis de alegría a nuestros esforzados pasos (no de euforia), esto nos resulte más llevadero. Quizás este último ingrediente sea el toque imprescindible, para que el resto nos resulten atractivos y los pongamos en marcha.

[1] Los narcisos han tomado el poder. Editorial Paidós, 2020. Marie-France Hirigoyen.

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